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¿Se puede utilizar una Parábola Para Comprobar una Doctrina?

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¿Se puede utilizar una Parábola Para Comprobar una Doctrina?

La parábola del rico y Lázaro (Luc. 16:19-31), ¿sugiere que no quedamos totalmente inconscientes cuando morimos?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

Quizá la cuestión básica sea si esta historia es una parábola o una narración histórica. Si es histórica, entonces Jesús está describiendo lo que realmente le sucedió al rico y a Lázaro después de haber muerto. Si es una parábola, necesitamos buscar su propósito.
      1. ¿Un evento histórico? Una lectura del pasaje indica que no está describiendo un evento literal que haya ocurrido después de la muerte. Si fuera histórico, se requeriría una lectura literal; sin embargo, una interpretación literal revela algunos problemas serios.
      Primero, no se hace una referencia explícita al alma o al espíritu de Lázaro o del hombre rico. Los que creen que la historia describe las condiciones durante el estado intermedio entre la muerte y la resurrección, también enseñan que el alma o el espíritu sobrevive después de la muerte, pero no el cuerpo. Pero una lectura literal del texto indica claramente que estaban en el “infierno” (del griego, hade) en forma corporal. Jesús mencionó la lengua del hombre rico, el dedo de Lázaro y una comunicación verbal. Sus ojos los capacitaban para verse entre sí. Este vocabulario y la imaginería indican que no estamos tratando aquí con espíritus separados del cuerpo.
      Segundo, en esta parábola el lugar de descanso para los salvos no es la presencia de Dios, sino el seno de Abrahán, un lugar de felicidad para la literatura judía; obviamente, no un lugar literal. La frase era utilizada entre los judíos para referirse al elevado privilegio de sentarse a la diestra de Abrahán.
      Tercero, la parábola sugiere que los justos y los malvados coexisten cerca unos de otros. Si los justos pudiesen ver el dolor y el sufrimiento de los injustos, eso no sería un estado universal de paz y descanso.
      Cuarto, el término hades (infierno) no es utilizado en ningún otro lugar del Nuevo Testamento como un lugar de tormento eterno, sino sencillamente como la tumba o el reino de la muerte. Por lo tanto, una interpretación literal de la historia contradeciría lo que la Biblia enseña en otras partes acerca del tema.
      Quinto, una interpretación literal también contradice la enseñanza bíblica de que las recompensas se otorgan después de la segunda venida de Cristo, y no inmediatamente después de que la persona muere (Mat. 25:31, 32; Apoc. 22:12).
      2. ¿Una parábola? Es muy probable que Jesús no haya estado analizando la condición de los muertos durante el estado intermedio, sino sencillamente contando una parábola. Esta parábola, como todas las parábolas, tiene uno o varios propósitos. El texto mismo revela dos grandes propósitos. El primero provee alivio a los seguidores oprimidos de Cristo: El tiempo llega en que su fortuna será revertida; los malvados serán humillados y los justos serán exaltados por Dios.
      El segundo, y posiblemente más importante elemento de la parábola, enseña que nuestras decisiones en esta vida llegan a ser irrevocables después de que morimos. No existe algo como el purgatorio. Debemos escuchar “a Moisés y los profetas” mientras estamos vivos. Las Escrituras son suficientes para instruirnos acerca del propósito eterno de Dios para nosotros.
      3. ¿Por qué Jesús escogió esta parábola? Jesús contó esta historia como un vehículo para enseñar a sus oyentes una lección importante; es meramente una ilustración.
      Pero ¿por qué utilizaría una historia con tan mala teología? En un sentido, lo que hizo fue muy similar a lo que hizo con la parábola del siervo injusto (Luc. 16:1-10). Allí, Jesús no estaba enseñando que la administración deshonesta del dinero es correcta; estaba enfatizando la importancia de colocar nuestros recursos al servicio de los demás y de Dios.
      En la parábola del hombre rico, Jesús estaba recontando una historia bien conocida por su audiencia. El trasfondo de esta parábola era una historia tradicional que se remonta a orígenes egipcios. En la versión judía, se hacía un contraste entre la experiencia de un pobre erudito y un rico publicano. En un sueño, un amigo del erudito pobre lo vio gozando de las bienaventuranzas celestiales en un jardín paradisíaco con surgentes de agua, mientras que el hombre rico, de pie ante una surgente, es incapaz de beber el agua.
      Jesús contó esta historia ficticia y la dramatizó para que su discurso sea más relevante para su audiencia. Su enseñanza: solo tenemos esta vida para escoger nuestro destino eterno.

La Vestimenta

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La Vestimenta en el Pueblo de Dios 

¿La pauta que aparece en Deuteronomio 22:5 es aplicable al actual estilo cristiano de vestir? Las discusiones acerca de la vestimenta suelen ser encendidas. ¿Cómo mantener el equilibrio?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      El texto citado dice: La mujer no debe usar ropa de hombre, ni el hombre debe usar ropa de mujer, porque al Señor le repugna cualquiera que hace estas cosas”. La mayor parte de los estudiosos interpretan esta disposición legal como resultado de las prácticas del travestismo que había entre los israelitas. Se creía que en los ritos a la fertilidad realizados por los cananeos, donde la finalidad de aumentar la fertilidad de la tierra, se lograba dicha finalidad mediante el intercambio de vestimentas entre hombres y mujeres. Las evidencias para este tipo de intercambio son prácticamente inexistentes. Con todo, sabemos que la diosa Anat figura en los documentos actuando como un hombre y vistiéndose como uno de ellos.
      También encontramos evidencias claras relacionadas con el ritual ofrecido a la diosa Ishtar por parte de los travestis de babilonia. Se creía que el ritual de cambio de sexo se producía como resultado de cambio de sexo y el cambio de ropa resultante en ocasión cuando los hombres eran castrados podría haberse practicado. Entre los hititas también hay evidencias de prácticas rituales por parte de travestis con exclusiva participación masculina cuya finalidad era eliminar la femineidad en el hombre y la de restaurar su masculinidad. Otros encuentran en la legislación bíblica que estamos comentando un rechazo a los rituales homosexuales que se practicaban entre los paganos.
      Las situaciones que acabamos de describir fundamentan los antecedentes culturales que explican la orden que estamos comentando. Hay discrepancias entre los eruditos con relación a la práctica religiosa o cultural que el escritor tuvo en mente al registrar el mensaje. Esta situación puntualiza una vez más que al final lo que vale es el significado que tiene el texto en sí mismo. Considerémoslo.
      Primero, observe que la prohibición fue cuidadosamente planteada: La mujer no llevará artículos de hombre” (NBE). La palabra hebrea traducida por “ropa” (kali) en la versión DHH, idea que incluye más que lo abarcado por la palabra ropa, podría ayudar a la comprensión del texto. El énfasis está en la vestidura que distingue a un hombre de una mujer. “Ni el hombre debe usar ropa de mujer” (DHH). El término hebreo (simlah, manto, funda, envoltura”) hace referencia a una pieza de ropa de forma rectangular que se utiliza como envoltura. Dicha vestimenta también era utilizada por los hombres con la diferencia, de acuerdo a las autoridades que las utilizadas por el sexo femenino eran hechas de un material más fino y de colores más vistosos adornados con un bordado que las caracterizaba.
      Segundo, el contexto está formado por una colección de diversas leyes relacionadas con varias acciones a la persona humana. El mayor énfasis parecía estar en el respeto que debía haber por las personas y sus correspondientes propiedades incluyendo también a la naturaleza. En efecto el elemento unificador estaba en el respeto por el orden social y natural establecido por el Creador. En este aspecto no hay nada que lo relacione con las prácticas rituales paganas.
      Tercero. Existe otra razón para la prohibición que estamos comentando. El Señor “detesta” a la persona que hace esas cosas. Aquí hay un elemento que se considera ritual. El término detestable/abominable/repugnante es utilizado en otras citas para referirse a las actividades religioso-paganas las cuales Dios rechaza. También se las utiliza para hacer referencia a determinados comportamientos que son detestables para el Señor (véase Deut. 24:4; 25:16). Este pareciera ser el caso del texto que estamos comentando.
      Me parece que la legislación que estamos considerando no responde a las influencia de las culturas antiguas que tiene valor relativo para nosotros, sin embargo están fundamentadas en principios que son relevantes para el cristianismo actual. Dios es un Dios de orden y en la creación él estableció límites con la finalidad de mantener el orden instituido por él. La diferencia entre el hombre y la mujer fueron establecidas en la creación cuando la raza humana fue definida como “hombre y mujer”. Cualquier factor que altere dicha distinción es rechazada por los escritores bíblicos. En este contexto, en el ambiente israelita sería un rechazo al travestismo del ritual pagano, pero, el principio no debe limitarse exclusivamente a esta expresión por cuanto está basada en el orden de la creación. Esto por supuesto que produce un efecto que también nos alcanza. Cada cristiano debería vestir de un modo que mantenga claros e inalterables la distinción entre los sexos. Los detalles acerca de la implementación de los principios que estamos destacando es algo que, en una sociedad bastante compleja, debería ser determinado por el creyente en comunión con su Dios. En una cultura en la cual la sociedad define la manera de vestir de la gente, los cristianos debemos ser muy cuidadosos al escoger las vestimentas que sean compatibles con nuestros principios y valores.

Los Niños y la Santa Cena

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Los Niños y la Santa Cena

En algunas de nuestras iglesias, a los niños que no son bautizados se les permite participar en las ceremonias del lavamiento de pies y la Santa Cena. Esta práctica ¿está apoyada por la Biblia?

Responde: Dr Ángel Manuel Rodriguez, BRI

Si está pidiendo un pasaje bíblico que clarifique sin ambigüedades su preocupación, la respuesta es no. Muchas preguntas teológicas solo pueden ser correctamente abordadas al examinar principios bíblicos que se les aplican, o por medio de un estudio de las enseñanzas bíblicas acerca de un tema en particular. Su pregunta requiere la última aproximación.
      1. Las ceremonias presuponen el bautismo: Como sabe, el bautismo simboliza que hemos roto con una vida de pecado, hemos confesado públicamente a Cristo como Señor y Salvador, y nos hemos unido a la comunidad de creyentes como el cuerpo de Cristo. El servicio del lavamiento de pies asume que hemos experimentado el lavamiento completo del cuerpo en el bautismo (Juan 13:10; ver Heb. 10:22). De acuerdo con Pablo, los que participan de la Santa Cena son miembros del cuerpo de Cristo, la comunidad del nuevo pacto: “Hay un solo pan del cual participamos todos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo” (1 Cor. 10:17, NVI; ver 11:25). Es la comunidad de la fe, los que ya han experimentado el poder salvador de la sangre de Cristo, que ahora se reúne para partir el pan y beber el vino de la comunión con el Señor resucitado. Los adventistas practicamos la comunión abierta: todos los que han comprometido su vida al Salvador, independientemente de su filiación eclesiástica, pueden participar cuando están de visita durante la celebración de las ceremonias.
      Dado que las ceremonias son celebradas por la comunidad de creyentes, su celebración no debería ser simplemente definida como una ceremonia familiar. La Pascua era básicamente un rito familiar, pero la Santa Cena es una celebración familiar solo en el sentido de que la iglesia, como la familia de Dios, se reúne en obediencia al Señor para participar de los emblemas de su muerte sacrificial.
      2. Las ceremonias presuponen una comprensión de su significado simbólico. La frase “Haced esto en memoria de mí” (Luc. 22:19) es integral a la celebración de las ceremonias y requiere una clara comprensión de la muerte de Cristo (1 Cor. 11:24, 25). Los símbolos señalan el cuerpo partido y la sangre derramada de Cristo como nuestro único medio de expiación. A través de ellos, conmemoramos y refrescamos en nuestra mente el glorioso acto redentor de Dios en Cristo. Las ceremonias también expresan nuestra constante necesidad de la gracia purificadora del Señor durante nuestro caminar posbautismal con él. Finalmente, señalan la celebración futura de la Cena con el Señor, en su Reino de gloria. La esperanza del advenimiento es encarnada en las ceremonias y es mantenida viva en nuestro interior cuando participamos de ellas. Los que participan de estos ritos sagrados deberían tener una clara comprensión de su mensaje salvador.
      3. Aspectos prácticos de la celebración de las ceremonias. Los padres y los líderes de la iglesia son responsables de instruir a los niños acerca de la importancia y la santidad de las ceremonias. Los niños que hayan captado el significado del poder salvador de la muerte de Cristo están listos, no solo para participar de las ceremonias, sino también para ser bautizados. En otras palabras, en lugar de permitirles participar de las ceremonias antes de ser bautizados, ¡bautícenlos! Que se unan con nosotros a la mesa del Señor. Esto requiere un nivel de madurez cronológica y espiritual que permita a los niños tomar una decisión adecuada, bajo la guía de sus padres. Los niños generalmente quieren hacer lo que ven que hacen sus padres, aun cuando no estén listos para hacerlo por sí mismos. Deberíamos enseñarles que la gratificación instantánea no siempre es correcta; algunas veces, es mejor esperar. La espera podría ser una lección maravillosa en su crecimiento emocional, la formación del carácter y la expectación espiritual.
      Luego de haber dicho esto, aconsejo a padres y líderes eclesiásticos que hagan de la celebración de las ceremonias un evento significativo para los niños, mientras esperan el momento en que se puedan unir completamente a esta celebración. Por ejemplo, en los lugares en que se consiguen fácilmente uvas, se podría dar varios granos a los niños en el momento en que es servido el jugo a sus padres. Háganlos sentir bienvenidos en este servicio sagrado a medida que crecen en su comprensión de su significado y estén listos para participar en él.

¿Qué significa “Caminar con Dios”?

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Caminar con Dios

      En Génesis 5:22 aparece una de mis frases favoritas: “Y caminó Enoc con Dios”. ¿Podría explicarme su significado en términos prácticos?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      Al explorar el significado de una expresión particular es muy útil examinar el uso de los términos similares. A menudo, los matices de una palabra se pueden percibir mejor si se la compara y contrasta con otras expresiones afines. En la Biblia existen varios empleos del verbo “caminar”, en relación con Dios y el ser humano.

      Uno puede caminar ante el Señor (Gén. 17:1; 48:15). Ésta es una idea que identificamos muy bien en nuestras relaciones familiares. A menudo los padres que quieren enseñarle a caminar a sus niños pequeños se colocan ante ellos mientras avanzan por el sendero. El propósito es protegerlos, ser capaces de anticipar cualquier peligro y mantenerlos en el marco protector del sendero. La expresión “caminar ante Dios” es una forma dinámica de describir el cuidado providencial de Dios. Él, como un buen padre, desea observarnos de cerca, trayendo seguridad a nuestras vidas (Gén. 48:15; Sal. 56:13). Esto sucede cuando caminamos sin culpa (Gén. 17:1, en una entrega total a él), fielmente (con firmeza de vida), justamente (en sumisión total a la voluntad de Dios) y con rectitud de corazón (1 Rey. 3:6).

      Uno también puede caminar detrás/siguiendo al Señor. Esta frase pudo haberse originado en el contexto de las procesiones paganas. El pueblo caminaba detrás, adorando y alabando al ídolo, durante la ocasión especial en la que se lo sacaba del templo y era cargado por los sacerdotes. El Antiguo Testamento utiliza esta frase mayormente en los discursos o mandamientos que condenan la idolatría (Deut. 6:14; Jer. 2:23). Aplicada a Dios, esta actitud se convierte en el reconocimiento de que él es el objeto exclusivo de adoración. El amor por él es una fuerza motivadora (Jer. 2:2) que se expresa en obediencia a su voluntad (1 Rey. 14:8; 2 Rey. 23:3).

      Caminar con Dios parece expresar intimidad, amistad y compañía. La persona ya no camina delante o detrás de Dios, sino con Dios, a su lado. Los místicos aseguran que caminar con Dios significa sumirse en la meditación contemplativa, separarse de uno mismo y del mundo que nos rodea. Esto no es lo que la frase bíblica quiere dar a entender. Enoc caminó con Dios mientras realizaba sus tareas cotidianas. De hecho, la narrativa bíblica nos dice que Enoc caminó con Dios después de haber tenido varios hijos (Gén. 5:22), y que Noé lo hizo mientras construía el arca (Gén. 6:9). Nuestro caminar con Dios toma lugar en el hogar, la calle, el trabajo y en donde nos encontremos. La frase describe a Dios como nuestro compañero de travesía.

      Caminar con Dios presupone la existencia de un camino, un sendero. La Biblia tiene mucho que decir acerca de “los caminos del Señor”. Esta frase señala un estilo de vida particular reglada por el poder amante de Dios. Las instrucciones del Padre definen e identifican el camino que espera que atravesemos (Deut. 8:6). Ése es su camino, y transitarlo significa caminar con él. En el Nuevo Testamento se convierte en un camino viviente, Jesucristo (Juan 14:6). Él es la encarnación de la voluntad de Dios para sus seguidores, es el Camino.

      Antes de terminar, señalaré una idea enunciada en estas expresiones que, por ser tan obvia, puede ser pasada por alto fácilmente: ¡Dios camina! Es una persona dinámica que participa activamente en la vida de sus criaturas. Debido a que Dios camina, nosotros podemos caminar con él. Puede ser útil meditar en el pasaje que menciona por primera vez en la Biblia que Dios camina: Génesis 3:8. Es interesante notar que describe a Dios caminando solo mientras Adán y Eva no podían caminar, ya que estaban escondidos entre los árboles del jardín. De hecho, se asemejaban a los árboles, estaban cubiertos por hojas (Gén. 3:7). Los árboles no pueden caminar. Adán y Eva habían abandonado los caminos del Señor y se habían convertido en paralíticos espirituales.

      Éste es el Dios que camina en busca de los seres humanos y les otorga la posibilidad de caminar con él. Caminar con Dios implica tener un encuentro redentivo con él y ser capacitados para gozarse en él y en su camino. Dios hizo todo esto a nuestro favor por medio de Jesucristo. En este contexto, sería bueno prestar atención a las palabras del profeta: “Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (Miq. 6:8, Biblia de Jerusalén).

¿Cómo nos salva Dios?

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¿POR QUÉ MURIÓ JESÚS?
¿CÓMO NOS SALVA DIOS?

Responde: Dr. George W. Reid

      Con el final del primer siglo de la era cristiana y la muerte de Juan -el último de los testigos íntimos del ministerio de Cristo- comenzaron a aflorar cuestiones que hasta entonces se habían dado por sentadas: ¿Quién fue Jesús? ¿Por qué vino? ¿Por qué murió?
      Las respuestas a tales cuestiones vinieron a través de una sucesión de metáforas existentes en las Escrituras: el Cordero sacrificial de Dios que quita los pecados del mundo; el Rey de reyes Conquistador; la Luz del mundo. Se vio entonces a Jesús como al Hijo de Dios -un Libertador cósmico, un emisario del cielo. Pero se lo vio también como al Hijo del hombre, identificándose con nosotros.
      Una de las imágenes más explicativas yace en la idea de rescate. Dice Jesús: “Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mat. 20:28). Y haciéndose eco de él, Pedro afirma: “Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir la cual recibisteis de vuestros padres no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:18 y 19).
      La idea de rescate era conocida en el mundo antiguo. El término hacía referencia a algún objeto de valor, empleado para recuperar algo de la casa de empeños. Se refería también a la compra de la libertad por parte de un esclavo. Desde luego, los antiguos conocían demasiado bien la práctica de pagar un rescate para la liberación de un secuestrado o prisionero de guerra. De ahí el comentario de Pablo: “Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres” (1 Cor. 7:23). 

El precio del rescate

       No obstante, mentes inquietas se pusieron pronto a la obra, y suscitaron la cuestión: Si rescatados, ¿quién recibe el precio del rescate?
      Es interesante que la Biblia nunca dice quién. A lo largo de los siglos se fue configurando el escenario de un drama -mitad real y mitad ficción. Según la fábula, el Padre y Satanás fueron quienes cerraron el trato. Adán había vendido sus derechos -de hecho, su alma- al diablo. Conocedor del ferviente deseo que el Padre tenía de ver a Adán devuelto, Satanás, con una sonrisa sádica, puso el último precio: la vida del Hijo de Dios, el objeto por excelencia del odio de Lucifer.
      Así, Jesús vino -según ese drama- y vivió bajo el férreo tormento de Satanás, y finalmente perdió su vida. Pero de acuerdo con la fábula, el mismo Lucifer resultó burlado, puesto que el Padre resucitó a su Hijo de la tumba, dejando a Lucifer privado de su premio, y en posesión de nada más que un sepulcro vacío. Perdió el precio que había extorsionado al Padre. 

La verdad importante

       Más allá de la fantasía de la ilustración, descubrimos aquí una gema de verdad. Cristo dio ciertamente su vida como rescate por nosotros, pecadores. Pero el asunto importante poco tiene que ver con quién recibió el pago. Hay una verdad muchísimo más importante: que en la expiación de Cristo se pagó un precio monumental, no en términos puramente mercantiles, sino para lograr la reconciliación entre nosotros como caídos pecadores, y nuestro Dios de justicia; para elevarnos a un estado de reconciliación con Dios. “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Rom. 5:10).
      Ante un universo expectante, Dios demostró de una vez por todas hasta dónde iba a llegar para hacer posible la redención de los pecadores  extraviados. Las dimensiones de su amor revelan la forma en la que su sacrificio comporta la cualidad del rescate.
      No debemos nunca olvidar que fue nuestro Dios quien inició nuestro rescate, quien fue en nuestra búsqueda. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Cor. 5:18). Y continúa hoy buscándonos. Cuando aceptamos su invitación misericordiosa, caminamos en la certeza de la salvación que nos garantiza por su muerte y resurrección.
      En una breve frase, Pablo sondea las profundidades de lo que significa para Dios amar. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8).
      Saltan a la vista tres verdades. Primera, Dios demuestra el tipo de amor que tiene. Segunda, comprendemos nuestra situación de impotencia e ignorancia como pecadores. Y tercera, vemos que es él quien inicia todo el plan.
      En el plan de Dios Cristo cumple el pacto eterno, asumiendo el compromiso contraído antes que el mundo fuera. Se sometería voluntariamente a entregar su vida por nosotros. Tal como los Adventistas comprenden especialmente, estaba en ello cumpliendo de forma coincidente un propósito de dimensiones cósmicas. 

Pero ¿qué hay de su amor?

       Desgraciadamente, el amor ha venido a convertirse en una palabra casi vacía. A menudo se lo asocia a la emoción, o hasta se lo confunde con un sentimiento religioso. Pero tal como se lo emplea en la Biblia, el amor es una palabra llena de poder, no de blandura nebulosa. El amor es agresivo: Dios entregado a la tarea de alcanzarnos para auxiliarnos. El amor es un principio, afirma E. White. ¿Cómo es eso posible? La respuesta es que el amor de Dios es un compromiso invariable, inviolable, una predisposición en favor nuestro que no podemos hacer decaer. No hay manera de hacer que se tambalee el amor divino, no lo podemos disuadir o desanimar. Es una búsqueda infatigable de parte del Dios que anhela auxiliar, y que jamás claudica. En ese sentido Dios es amor. 

Más que ejemplo

       En la alta Edad Media un monje francés, Pierre Abelard, ideó lo que a él le pareció que describía el significado real del amor. Se ha venido a conocer como la teoría de la influencia moral. Reaccionando contra la idea de rescate que era común en su tiempo, arguyó que Jesús no fue en ningún sentido un rescate, sino alguien elevado. Si fuésemos capaces de comprender la nobleza del carácter de Dios, razonaba él, nuestros endurecidos corazones se enternecerían y serían movidos al arrepentimiento, abandonando el pecado.
      Para Abelard, la muerte de Cristo fue realmente la demostración última del amor de Dios, y por lo tanto, una descripción de su carácter. Así, Jesús sufrió con nosotros para dejarnos ejemplo.  Sufrió con el pecador, más bien que por el pecador. Esa teoría reinterpretaba el significado de esos textos que nos dicen que Cristo murió por nosotros.
      A pesar de su núcleo de verdad, la doctrina de Abelard quedaba muy lejos de la plenitud del significado bíblico. Presenta a Cristo como a un sujeto de la ley de amor, más bien que como a su Creador. Su tolerante concepto del pecado sugiere que la dificultad proviene, no tanto de la violación por parte del pecador contra el perfecto carácter de Dios, sino más bien de su fracaso en comprender el gran afecto de Dios por él. Queda en el vacío la enseñanza bíblica de que Cristo vino, no sólo para demostrar el amor de Dios, sino igualmente para manifestar su justicia. Con esa descripción de la expiación principalmente en términos de darnos luz sobre su propósito, resulta acallada la obra de Cristo como sacrificio muriendo por los pecadores culpables. El foco recae especialmente en la iluminación moral interior, y mucho menos en una llana y conclusiva muerte que resolvió el gran conflicto que el pecado introdujera en el universo de Dios. Así, Abelardo nos trajo una verdad parcial: Jesús como demostración indiscutible de la incesante preocupación de Dios por nosotros.
      Pero salvación significa más que sentimientos positivos entre nosotros y Dios. Significa una abrumadora confrontación entre la justicia y la rebelión humana en la que estamos todos atrapados. Significa un amor que llevó a Jesús al sacrificio último a fin de obtener para nosotros reconciliación con nuestro Creador. La horrible escena física del Gólgota habló a los humanos sólo de una forma muy limitada acerca de un amor que, de hecho, implica tomar la culpabilidad de cada pecado y llevar su consecuencia: la separación total de Dios. Sólo ahí afloran las profundidades de ese amor de Dios caracterizado por la abnegación y perseverancia.
      Así, como afirma Pablo, “tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). Al aceptarlo tenemos el gozo de la salvación, sabiéndonos plenamente aceptos en su amor. Dios es amor, y la magnitud de ese amor continuará revelándose ante nosotros una vez atravesadas las puertas de la eternidad.
      Oculta en un texto bien conocido del Nuevo Testamento, se encuentra una verdad que las traducciones suelen oscurecer: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3). El texto dice literalmente que Cristo vino a ser nuestro lugar de sacrificio (hilasterion en griego), una referencia inequívoca al antiguo sistema sacrificial hebreo. Tanto en la forma como en el fondo, el principio subyacente es la substitución.
      Como era típico en las religiones paganas, los Griegos, en lo antiguo, se esforzaban en apaciguar a sus dioses, procurando aplacar su ira y lograr su favor mediante dones y un régimen consistente en determinadas obras. Desgraciadamente el concepto persiste aún hoy entre algunos cristianos, aflorando a veces en discusiones sobre la fe y las obras.

El favor del Padre

       En la muerte de Cristo no existe el más leve indicio de que el Salvador hiciera esfuerzo alguno por ganar el favor del Padre. Disponiendo ya previamente de ese favor, su confianza lo condujo hasta el Calvario, a pesar de que su humanidad se estremecía. Confrontado con el abandono de la presencia de su Padre en aversión al pecado, fue sólo en la cruz donde se hizo evidente el severo abismo. Al caer sobre él el velo de nuestra culpabilidad, sus labios expresaron un clamor agonizante: “¿Por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).
      Entonces descendió al abismo de la muerte segunda llevando la carga del rechazo y rebelión contra Dios. En ese momento, él se encuentra en nuestro lugar. Suya es la desesperación de los pecadores perdidos, horrorizados ante el vacío tenebroso, privados de toda esperanza. Estando en lugar nuestro, “el Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba” (El Deseado, p. 701). La muerte le sobrecogió como al pecador abandonado, solo, en el lugar que realmente nos corresponde a cada uno de nosotros.
      Algunos sugieren que Cristo vino primariamente para mostrarnos su preocupación por nosotros, en la desgraciada suerte que nos es común; para compartir nuestros pesares, para asegurarnos de la comprensión y cuidado de Dios. Si bien hay virtud en reconocer lo anterior, encierra la sutil sugerencia de que, después de todo, el pecado no es algo tan grave, y que podemos tranquilizarnos definitivamente sabiendo que Dios nunca deja de cuidarnos. Se nos anima a ver el lado luminoso. Pero ¿cuánta luz alumbra el abismo de la muerte? Sin duda alguna Jesús demostró cuánto nos ama el Padre, pero había mucho más en juego. Vino para llevar el inevitable castigo por la rebelión contra el carácter infinitamente justo de Dios.
      Jesús vino, no a apaciguar, sino a cancelar la culpabilidad y a limpiar a los pecadores. Eso no es sobornar a Dios en ningún sentido, ni es artero subterfugio a fin de satisfacer algo así como una demanda personal. Sí es, por el contrario, un plan divinamente calculado del que Pablo declaró: “para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:25 y 26). Dicho de otro modo: Más bien que responder a la demanda de Dios, fue efectuado por iniciativa de Dios.
      De ese modo Jesús pagó nuestro rescate y nos liberó, cautivos como estábamos del pecado. Mostró así cómo nos ama Dios. Pero hay mucho más. La auténtica comprensión tiene lugar cuando nos apercibimos de la naturaleza desesperada del problema de nuestro pecado y de la forma en la que Dios ha de tratar con la rebelión que ha irrumpido en su universo.
      Está en cuestión la rectitud de Dios, su justicia. Se da aquí un categórico alejamiento de las ideas paganas relativas a apaciguar. Dios emprende la obra de hacer un puente que salve el abismo. Se coloca él mismo como substituto, para demostrar la naturaleza inmutable de su ley, y realiza todo lo que es necesario. Cristo viene a ser hecho el sacrificio divino, su cruz viene a ser un altar (ver 1 Cor. 5:7). Lo contemplamos asombrados, viendo lo que efectúa en favor nuestro. “Se entregó a sí mismo por nosotros” (Efe. 5:2) y ofreció “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Heb. 10:12). Dios “envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).
      En Cristo, nuestro pecado fue juzgado y condenado. Permanece intacta la naturaleza justa de Dios, y queda resuelta la violación de la misma. Mientras lo contemplamos como niños asombrados, él nos reconcilia, derramando los beneficios sobre nosotros, quienes lo aceptamos por fe. Después de todo lo realizado, con el universo por testigo, ¿qué más pudo haber hecho?

¿Por qué sufren los inocentes?

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EL POR QUÉ DEL SUFRIMIENTO

Desde que apareció la muerte, nunca dejaron los seres humanos de preguntarse el por qué de las tragedias humanas. ¿Cuántos millones que agotan hoy los antidepresivos de las farmacias al captar cuán vulnerable es la sociedad en la que viven, no encuentran respuestas a su angustia?

La Biblia explica que el pecado, la desobediencia a Dios, trajo la desgracia a este mundo (Rom 5:12). Pero, ¿quiénes deben sufrir? ¿Solo los malos? ¿El creyente fiel está libre de penas y aflicciones?

En la montaña del Sinaí, Dios prometió al pueblo de Israel bendecirlo en la obediencia, al mismo tiempo que le advirtió acerca de las maldiciones que traería la desobediencia (Deut 30:15-20). El primero de los salmos de la Biblia da cuenta de la felicidad del justo y del triste fin de los pecadores. ¡Cuántos hoy pueden corroborar que las promesas de bendición abundante que Dios da a los que son fieles en dar sus diezmos y ofrendas al Señor, se cumplen! (Prov 3:9-10; Mal 3:10-12).

Cualquiera persona que ha pasado el medio siglo de vida puede corroborar que, por regla general, los que proceden rectamente viven en paz, son generosos, tienen familias estables, y suele irles bien (Sal 112). Las que engañan y estafan, en cambio, o no practican la fidelidad conyugal, son intemperantes, y no tienen una vida religiosa genuina, no salen de un problema que se meten en otro, y viven amargados. Por más que en un primer momento parecieran lograr mucho, y obtener ciertos goces temporales, lo que cosechan al final no puede compararse con lo que los justos obtienen (Sal 73).

La vida en este mundo, sin embargo, es más compleja. Aunque cierta ecuación existe en la vida entre la fidelidad a Dios y la bendición, la desobediencia y la maldición, también encontramos que a menudo los cuadros se invierten. Abel, el primer justo que muere en la tierra, es asesinado por su hermano Caín. José, aunque inocente, es vendido como esclavo, y luego puesto en la cárcel por su fidelidad a Dios y a su amo. El profeta Habacuc pareciera quejarse ante Dios preguntándole:  “por qué callas cuando el impío destruye al más justo que él” (Hab 1:13). Los mártires del Apocalipsis claman también ante el Señor:  “¿Hasta cuándo, Señor, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?” (Apoc 6:9).

“Cuando traté de entender esto”, dijo el salmista, “duro trabajo fue para mí, hasta que entré en el templo de Dios, y entendí el destino final de ellos” (Sal 73:16-17).

Somos parte de una sociedad y heredamos tanto bienes como males. A menudo nos quejamos por los males que no causamos, y olvidamos agradecer por los bienes que recibimos gratuitamente. Pero no importa la cuota de sufrimiento o de alegría que nos toque vivir, de una cosa podemos estar seguros. A la postre se invertirá en muchos otra vez el cuadro (Isa 65). Se verá cuán ciertas fueron las palabras del apóstol Pablo:  “todo lo que el hombre siembre, eso también segará. El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción. Pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien, que a su tiempo segaremos, si no desfallecemos” (Gál 6:7-9).

Mientras tanto, ¿qué es lo que cuenta para los inocentes, para los que sufren injustamente? Para José, aún en medio de la injusticia, le bastó saber que el Eterno estaba con él (Gen 39:2). Para el salmista en medio de su desgracia, le alcanzó con ver que Dios estaba con él y lo sostenía (Sal 73:23). Aún bajo los padecimientos miserables en el holocausto nazi de Auschwitz, una de las víctimas escribió:  “Dios estuvo aquí”.

¿Cuál es el secreto? Tener comunión con Dios, una fe y confianza inquebrantables en sus promesas. Para ello no hay nada mejor que leer la Palabra de Dios. “Cuando recibía tus palabras”, dijo el profeta de las Lamentaciones, “yo las devoraba, y tu Palabra fue el gozo y la alegría de mi corazón” (Jer 15:16). “No solo de pan vivirá el hombre”, declaró también Jesús, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat 4:4).

Para los cristianos de corazón, los padecimientos los fortalecen en la fe, y se sienten privilegiados de haber sido escogidos por Dios para participar de los sufrimientos del Hijo de Dios, quien vino a este mundo a sufrir por ellos, y otorgarles eterna redención (1 Ped 4:12-14; Heb 2:10). “No es el siervo mayor que su señor”, dijo a sus discípulos. “Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán” (Juan 15:20).

Desde la cárcel, el apóstol Pablo escribió:  “Por nada estéis afanosos, sino presentad vuestros pedidos a Dios en oración, ruego y acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guardará vuestro corazón y vuestros pensamientos en Cristo Jesús… El Dios de paz estará con vosotros” (Filip 4:6-7,9).

Dr. Alberto R. Treiyer

La Biblia y el Suicidio

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La Biblia y el Suicidio

      Uno de mis mejores amigos se suicidó. Desde entonces me he preguntado qué dice la Biblia al respecto.

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      Generalmente se define al suicidio como quitarse la vida. Las heridas emocionales que deja en la familia y en los amigos son profundas y producen no sólo un sentimiento de soledad, sino particularmente culpa y desorientación. Al intentar proveer alguna orientación que responda su pregunta, debo limitar mis comentarios a las breves observaciones siguientes.

      Primero deseo distinguir entre suicidio y martirio, que es la voluntad de rendir nuestra vida por convicciones fundamentales y valores que sostenemos como no negociables, y actos heroicos de autosacrificio que resultan en la preservación de otras vidas (un soldado que se arroja sobre una granada para salvar otras vidas). Mientras que el suicidio es fundamentalmente una negación del valor del regalo de la vida, la solución final a una vida que se percibe como insufrible, los otros dos casos son expresiones de respeto y amor por la vida.

      Presentaré los casos de suicidio o intento de suicidio registrados en la Biblia, extraeré algunas conclusiones y hará algunos comentarios generales.

      1. Casos de suicidio en la Biblia. Abimelec, herido mortalmente por un trozo de una rueda de molino arrojada por una mujer, le pidió a su escudero que lo mate para escapar del oprobio (Jueces 9:54). Saúl, después de ser seriamente herido en batalla, se suicidó (1 Sa, 31:4). Al ver lo que el Rey había hecho, su escudero “se echó sobre su espada, y murió con él” (vers. 5). Esto fue motivado por el temor a lo que el enemigo haría con ellos. Ahitofel, uno de los consejeros del rey Absalón, se ahorcó, después de darse cuenta de que el Rey había rechazado su consejo (2 Sam. 17:23). Zimri llegó a ser rey luego de un golpe de estado, pero al notar que el pueblo no lo apoyaba, “se metió en el palacio de la casa real, y prendió fuego a la casa consigo”, suicidándose (1 Rey. 16:18). Judas quedó tan emocionalmente perturbado luego de traicionar a Jesús, que se ahorcó (Mat. 27:5). Sansón tomó su vida en batalla contra el enemigo (Jueces 16:29, 30). Después de un terremoto, el carcelero de Filipos llegó a la conclusión de que los prisioneros habían escapado, y lleno de temor intentó suicidarse, pero Pablo lo convención de que no lo hiciera (Hechos 16:26-28).

      2. Comentarios acerca del material bíblico. De los incidentes mencionados arriba percibimos varias cosas.

      Primero, muchos de los suicidios ocurrieron en un contexto bélico, en el que el suicidio es el resultado del miedo o la vergüenza.

      Segundo, otros casos son más personales y reflejan, además del temor, una baja autoestima. Todos suceden en el contexto de un estado mental perturbado emocionalmente.

      Tercero, el suicidio es mencionado sin presentar algún juicio de valor acerca de la acción. Esto no significa que sea moralmente correcto, más bien señala que el escritor bíblico se dedicó simplemente a describir el acontecimiento.

      Se llega a una comprensión del impacto moral del suicidio por medio de un entendimiento bíblico de la vida humana: Dios la creó, y nosotros no somos los propietarios para usarla y disponerla como nos plazca; el sexto mandamiento tiene algo que decir con respecto a este tema. Por lo tanto, un cristiano no debería considerar el suicidio como una solución moralmente válida a la difícil situación de vivir en un mundo de dolor físico y emocional.

      3. Comentarios y sugerencias. ¿Cómo deberíamos reaccionar ante el suicidio de un ser amado?

      Primero, la psicología y la psiquiatría han revelado que en la mayoría de los casos el suicidio es el resultado de una agitación emocional profunda o de un desequilibrio bioquímico asociado con un profundo estado de depresión y temor. No deberíamos juzgar a una persona que, bajo tales circunstancias, opta por el suicidio.

      Segundo, la justicia de Dios toma en consideración la intensidad de nuestras mentes atribuladas; Él nos entiende mejor que nadie. Debemos colocar el futuro de nuestros amados en sus manos misericordiosas.

      Tercero, con la ayuda de Dios, podemos enfrentar al culpa de una manera constructiva. Es necesario recordar que el que comete suicidio necesita ayuda profesional que muchos de nosotros somos incapaces de brindar.

      Finalmente, si alguna vez estás tentado a cometer suicidio, recuerda existen medicamentos que pueden ayudar a vencer la depresión, que hay amigos que te aman y desean ayudarte, y que existe un Dios que deseoso de obrar en ti y por medio de otros para sostenerte cuando atravieses el valle de muerte. ¡Nunca pierdas la esperanza!