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¿Qué significa “Caminar con Dios”?

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Caminar con Dios

      En Génesis 5:22 aparece una de mis frases favoritas: “Y caminó Enoc con Dios”. ¿Podría explicarme su significado en términos prácticos?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      Al explorar el significado de una expresión particular es muy útil examinar el uso de los términos similares. A menudo, los matices de una palabra se pueden percibir mejor si se la compara y contrasta con otras expresiones afines. En la Biblia existen varios empleos del verbo “caminar”, en relación con Dios y el ser humano.

      Uno puede caminar ante el Señor (Gén. 17:1; 48:15). Ésta es una idea que identificamos muy bien en nuestras relaciones familiares. A menudo los padres que quieren enseñarle a caminar a sus niños pequeños se colocan ante ellos mientras avanzan por el sendero. El propósito es protegerlos, ser capaces de anticipar cualquier peligro y mantenerlos en el marco protector del sendero. La expresión “caminar ante Dios” es una forma dinámica de describir el cuidado providencial de Dios. Él, como un buen padre, desea observarnos de cerca, trayendo seguridad a nuestras vidas (Gén. 48:15; Sal. 56:13). Esto sucede cuando caminamos sin culpa (Gén. 17:1, en una entrega total a él), fielmente (con firmeza de vida), justamente (en sumisión total a la voluntad de Dios) y con rectitud de corazón (1 Rey. 3:6).

      Uno también puede caminar detrás/siguiendo al Señor. Esta frase pudo haberse originado en el contexto de las procesiones paganas. El pueblo caminaba detrás, adorando y alabando al ídolo, durante la ocasión especial en la que se lo sacaba del templo y era cargado por los sacerdotes. El Antiguo Testamento utiliza esta frase mayormente en los discursos o mandamientos que condenan la idolatría (Deut. 6:14; Jer. 2:23). Aplicada a Dios, esta actitud se convierte en el reconocimiento de que él es el objeto exclusivo de adoración. El amor por él es una fuerza motivadora (Jer. 2:2) que se expresa en obediencia a su voluntad (1 Rey. 14:8; 2 Rey. 23:3).

      Caminar con Dios parece expresar intimidad, amistad y compañía. La persona ya no camina delante o detrás de Dios, sino con Dios, a su lado. Los místicos aseguran que caminar con Dios significa sumirse en la meditación contemplativa, separarse de uno mismo y del mundo que nos rodea. Esto no es lo que la frase bíblica quiere dar a entender. Enoc caminó con Dios mientras realizaba sus tareas cotidianas. De hecho, la narrativa bíblica nos dice que Enoc caminó con Dios después de haber tenido varios hijos (Gén. 5:22), y que Noé lo hizo mientras construía el arca (Gén. 6:9). Nuestro caminar con Dios toma lugar en el hogar, la calle, el trabajo y en donde nos encontremos. La frase describe a Dios como nuestro compañero de travesía.

      Caminar con Dios presupone la existencia de un camino, un sendero. La Biblia tiene mucho que decir acerca de “los caminos del Señor”. Esta frase señala un estilo de vida particular reglada por el poder amante de Dios. Las instrucciones del Padre definen e identifican el camino que espera que atravesemos (Deut. 8:6). Ése es su camino, y transitarlo significa caminar con él. En el Nuevo Testamento se convierte en un camino viviente, Jesucristo (Juan 14:6). Él es la encarnación de la voluntad de Dios para sus seguidores, es el Camino.

      Antes de terminar, señalaré una idea enunciada en estas expresiones que, por ser tan obvia, puede ser pasada por alto fácilmente: ¡Dios camina! Es una persona dinámica que participa activamente en la vida de sus criaturas. Debido a que Dios camina, nosotros podemos caminar con él. Puede ser útil meditar en el pasaje que menciona por primera vez en la Biblia que Dios camina: Génesis 3:8. Es interesante notar que describe a Dios caminando solo mientras Adán y Eva no podían caminar, ya que estaban escondidos entre los árboles del jardín. De hecho, se asemejaban a los árboles, estaban cubiertos por hojas (Gén. 3:7). Los árboles no pueden caminar. Adán y Eva habían abandonado los caminos del Señor y se habían convertido en paralíticos espirituales.

      Éste es el Dios que camina en busca de los seres humanos y les otorga la posibilidad de caminar con él. Caminar con Dios implica tener un encuentro redentivo con él y ser capacitados para gozarse en él y en su camino. Dios hizo todo esto a nuestro favor por medio de Jesucristo. En este contexto, sería bueno prestar atención a las palabras del profeta: “Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (Miq. 6:8, Biblia de Jerusalén).

¿Cómo nos salva Dios?

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¿POR QUÉ MURIÓ JESÚS?
¿CÓMO NOS SALVA DIOS?

Responde: Dr. George W. Reid

      Con el final del primer siglo de la era cristiana y la muerte de Juan -el último de los testigos íntimos del ministerio de Cristo- comenzaron a aflorar cuestiones que hasta entonces se habían dado por sentadas: ¿Quién fue Jesús? ¿Por qué vino? ¿Por qué murió?
      Las respuestas a tales cuestiones vinieron a través de una sucesión de metáforas existentes en las Escrituras: el Cordero sacrificial de Dios que quita los pecados del mundo; el Rey de reyes Conquistador; la Luz del mundo. Se vio entonces a Jesús como al Hijo de Dios -un Libertador cósmico, un emisario del cielo. Pero se lo vio también como al Hijo del hombre, identificándose con nosotros.
      Una de las imágenes más explicativas yace en la idea de rescate. Dice Jesús: “Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mat. 20:28). Y haciéndose eco de él, Pedro afirma: “Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir la cual recibisteis de vuestros padres no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:18 y 19).
      La idea de rescate era conocida en el mundo antiguo. El término hacía referencia a algún objeto de valor, empleado para recuperar algo de la casa de empeños. Se refería también a la compra de la libertad por parte de un esclavo. Desde luego, los antiguos conocían demasiado bien la práctica de pagar un rescate para la liberación de un secuestrado o prisionero de guerra. De ahí el comentario de Pablo: “Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres” (1 Cor. 7:23). 

El precio del rescate

       No obstante, mentes inquietas se pusieron pronto a la obra, y suscitaron la cuestión: Si rescatados, ¿quién recibe el precio del rescate?
      Es interesante que la Biblia nunca dice quién. A lo largo de los siglos se fue configurando el escenario de un drama -mitad real y mitad ficción. Según la fábula, el Padre y Satanás fueron quienes cerraron el trato. Adán había vendido sus derechos -de hecho, su alma- al diablo. Conocedor del ferviente deseo que el Padre tenía de ver a Adán devuelto, Satanás, con una sonrisa sádica, puso el último precio: la vida del Hijo de Dios, el objeto por excelencia del odio de Lucifer.
      Así, Jesús vino -según ese drama- y vivió bajo el férreo tormento de Satanás, y finalmente perdió su vida. Pero de acuerdo con la fábula, el mismo Lucifer resultó burlado, puesto que el Padre resucitó a su Hijo de la tumba, dejando a Lucifer privado de su premio, y en posesión de nada más que un sepulcro vacío. Perdió el precio que había extorsionado al Padre. 

La verdad importante

       Más allá de la fantasía de la ilustración, descubrimos aquí una gema de verdad. Cristo dio ciertamente su vida como rescate por nosotros, pecadores. Pero el asunto importante poco tiene que ver con quién recibió el pago. Hay una verdad muchísimo más importante: que en la expiación de Cristo se pagó un precio monumental, no en términos puramente mercantiles, sino para lograr la reconciliación entre nosotros como caídos pecadores, y nuestro Dios de justicia; para elevarnos a un estado de reconciliación con Dios. “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Rom. 5:10).
      Ante un universo expectante, Dios demostró de una vez por todas hasta dónde iba a llegar para hacer posible la redención de los pecadores  extraviados. Las dimensiones de su amor revelan la forma en la que su sacrificio comporta la cualidad del rescate.
      No debemos nunca olvidar que fue nuestro Dios quien inició nuestro rescate, quien fue en nuestra búsqueda. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Cor. 5:18). Y continúa hoy buscándonos. Cuando aceptamos su invitación misericordiosa, caminamos en la certeza de la salvación que nos garantiza por su muerte y resurrección.
      En una breve frase, Pablo sondea las profundidades de lo que significa para Dios amar. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8).
      Saltan a la vista tres verdades. Primera, Dios demuestra el tipo de amor que tiene. Segunda, comprendemos nuestra situación de impotencia e ignorancia como pecadores. Y tercera, vemos que es él quien inicia todo el plan.
      En el plan de Dios Cristo cumple el pacto eterno, asumiendo el compromiso contraído antes que el mundo fuera. Se sometería voluntariamente a entregar su vida por nosotros. Tal como los Adventistas comprenden especialmente, estaba en ello cumpliendo de forma coincidente un propósito de dimensiones cósmicas. 

Pero ¿qué hay de su amor?

       Desgraciadamente, el amor ha venido a convertirse en una palabra casi vacía. A menudo se lo asocia a la emoción, o hasta se lo confunde con un sentimiento religioso. Pero tal como se lo emplea en la Biblia, el amor es una palabra llena de poder, no de blandura nebulosa. El amor es agresivo: Dios entregado a la tarea de alcanzarnos para auxiliarnos. El amor es un principio, afirma E. White. ¿Cómo es eso posible? La respuesta es que el amor de Dios es un compromiso invariable, inviolable, una predisposición en favor nuestro que no podemos hacer decaer. No hay manera de hacer que se tambalee el amor divino, no lo podemos disuadir o desanimar. Es una búsqueda infatigable de parte del Dios que anhela auxiliar, y que jamás claudica. En ese sentido Dios es amor. 

Más que ejemplo

       En la alta Edad Media un monje francés, Pierre Abelard, ideó lo que a él le pareció que describía el significado real del amor. Se ha venido a conocer como la teoría de la influencia moral. Reaccionando contra la idea de rescate que era común en su tiempo, arguyó que Jesús no fue en ningún sentido un rescate, sino alguien elevado. Si fuésemos capaces de comprender la nobleza del carácter de Dios, razonaba él, nuestros endurecidos corazones se enternecerían y serían movidos al arrepentimiento, abandonando el pecado.
      Para Abelard, la muerte de Cristo fue realmente la demostración última del amor de Dios, y por lo tanto, una descripción de su carácter. Así, Jesús sufrió con nosotros para dejarnos ejemplo.  Sufrió con el pecador, más bien que por el pecador. Esa teoría reinterpretaba el significado de esos textos que nos dicen que Cristo murió por nosotros.
      A pesar de su núcleo de verdad, la doctrina de Abelard quedaba muy lejos de la plenitud del significado bíblico. Presenta a Cristo como a un sujeto de la ley de amor, más bien que como a su Creador. Su tolerante concepto del pecado sugiere que la dificultad proviene, no tanto de la violación por parte del pecador contra el perfecto carácter de Dios, sino más bien de su fracaso en comprender el gran afecto de Dios por él. Queda en el vacío la enseñanza bíblica de que Cristo vino, no sólo para demostrar el amor de Dios, sino igualmente para manifestar su justicia. Con esa descripción de la expiación principalmente en términos de darnos luz sobre su propósito, resulta acallada la obra de Cristo como sacrificio muriendo por los pecadores culpables. El foco recae especialmente en la iluminación moral interior, y mucho menos en una llana y conclusiva muerte que resolvió el gran conflicto que el pecado introdujera en el universo de Dios. Así, Abelardo nos trajo una verdad parcial: Jesús como demostración indiscutible de la incesante preocupación de Dios por nosotros.
      Pero salvación significa más que sentimientos positivos entre nosotros y Dios. Significa una abrumadora confrontación entre la justicia y la rebelión humana en la que estamos todos atrapados. Significa un amor que llevó a Jesús al sacrificio último a fin de obtener para nosotros reconciliación con nuestro Creador. La horrible escena física del Gólgota habló a los humanos sólo de una forma muy limitada acerca de un amor que, de hecho, implica tomar la culpabilidad de cada pecado y llevar su consecuencia: la separación total de Dios. Sólo ahí afloran las profundidades de ese amor de Dios caracterizado por la abnegación y perseverancia.
      Así, como afirma Pablo, “tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). Al aceptarlo tenemos el gozo de la salvación, sabiéndonos plenamente aceptos en su amor. Dios es amor, y la magnitud de ese amor continuará revelándose ante nosotros una vez atravesadas las puertas de la eternidad.
      Oculta en un texto bien conocido del Nuevo Testamento, se encuentra una verdad que las traducciones suelen oscurecer: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3). El texto dice literalmente que Cristo vino a ser nuestro lugar de sacrificio (hilasterion en griego), una referencia inequívoca al antiguo sistema sacrificial hebreo. Tanto en la forma como en el fondo, el principio subyacente es la substitución.
      Como era típico en las religiones paganas, los Griegos, en lo antiguo, se esforzaban en apaciguar a sus dioses, procurando aplacar su ira y lograr su favor mediante dones y un régimen consistente en determinadas obras. Desgraciadamente el concepto persiste aún hoy entre algunos cristianos, aflorando a veces en discusiones sobre la fe y las obras.

El favor del Padre

       En la muerte de Cristo no existe el más leve indicio de que el Salvador hiciera esfuerzo alguno por ganar el favor del Padre. Disponiendo ya previamente de ese favor, su confianza lo condujo hasta el Calvario, a pesar de que su humanidad se estremecía. Confrontado con el abandono de la presencia de su Padre en aversión al pecado, fue sólo en la cruz donde se hizo evidente el severo abismo. Al caer sobre él el velo de nuestra culpabilidad, sus labios expresaron un clamor agonizante: “¿Por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).
      Entonces descendió al abismo de la muerte segunda llevando la carga del rechazo y rebelión contra Dios. En ese momento, él se encuentra en nuestro lugar. Suya es la desesperación de los pecadores perdidos, horrorizados ante el vacío tenebroso, privados de toda esperanza. Estando en lugar nuestro, “el Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba” (El Deseado, p. 701). La muerte le sobrecogió como al pecador abandonado, solo, en el lugar que realmente nos corresponde a cada uno de nosotros.
      Algunos sugieren que Cristo vino primariamente para mostrarnos su preocupación por nosotros, en la desgraciada suerte que nos es común; para compartir nuestros pesares, para asegurarnos de la comprensión y cuidado de Dios. Si bien hay virtud en reconocer lo anterior, encierra la sutil sugerencia de que, después de todo, el pecado no es algo tan grave, y que podemos tranquilizarnos definitivamente sabiendo que Dios nunca deja de cuidarnos. Se nos anima a ver el lado luminoso. Pero ¿cuánta luz alumbra el abismo de la muerte? Sin duda alguna Jesús demostró cuánto nos ama el Padre, pero había mucho más en juego. Vino para llevar el inevitable castigo por la rebelión contra el carácter infinitamente justo de Dios.
      Jesús vino, no a apaciguar, sino a cancelar la culpabilidad y a limpiar a los pecadores. Eso no es sobornar a Dios en ningún sentido, ni es artero subterfugio a fin de satisfacer algo así como una demanda personal. Sí es, por el contrario, un plan divinamente calculado del que Pablo declaró: “para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:25 y 26). Dicho de otro modo: Más bien que responder a la demanda de Dios, fue efectuado por iniciativa de Dios.
      De ese modo Jesús pagó nuestro rescate y nos liberó, cautivos como estábamos del pecado. Mostró así cómo nos ama Dios. Pero hay mucho más. La auténtica comprensión tiene lugar cuando nos apercibimos de la naturaleza desesperada del problema de nuestro pecado y de la forma en la que Dios ha de tratar con la rebelión que ha irrumpido en su universo.
      Está en cuestión la rectitud de Dios, su justicia. Se da aquí un categórico alejamiento de las ideas paganas relativas a apaciguar. Dios emprende la obra de hacer un puente que salve el abismo. Se coloca él mismo como substituto, para demostrar la naturaleza inmutable de su ley, y realiza todo lo que es necesario. Cristo viene a ser hecho el sacrificio divino, su cruz viene a ser un altar (ver 1 Cor. 5:7). Lo contemplamos asombrados, viendo lo que efectúa en favor nuestro. “Se entregó a sí mismo por nosotros” (Efe. 5:2) y ofreció “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Heb. 10:12). Dios “envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).
      En Cristo, nuestro pecado fue juzgado y condenado. Permanece intacta la naturaleza justa de Dios, y queda resuelta la violación de la misma. Mientras lo contemplamos como niños asombrados, él nos reconcilia, derramando los beneficios sobre nosotros, quienes lo aceptamos por fe. Después de todo lo realizado, con el universo por testigo, ¿qué más pudo haber hecho?

¿Por qué sufren los inocentes?

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EL POR QUÉ DEL SUFRIMIENTO

Desde que apareció la muerte, nunca dejaron los seres humanos de preguntarse el por qué de las tragedias humanas. ¿Cuántos millones que agotan hoy los antidepresivos de las farmacias al captar cuán vulnerable es la sociedad en la que viven, no encuentran respuestas a su angustia?

La Biblia explica que el pecado, la desobediencia a Dios, trajo la desgracia a este mundo (Rom 5:12). Pero, ¿quiénes deben sufrir? ¿Solo los malos? ¿El creyente fiel está libre de penas y aflicciones?

En la montaña del Sinaí, Dios prometió al pueblo de Israel bendecirlo en la obediencia, al mismo tiempo que le advirtió acerca de las maldiciones que traería la desobediencia (Deut 30:15-20). El primero de los salmos de la Biblia da cuenta de la felicidad del justo y del triste fin de los pecadores. ¡Cuántos hoy pueden corroborar que las promesas de bendición abundante que Dios da a los que son fieles en dar sus diezmos y ofrendas al Señor, se cumplen! (Prov 3:9-10; Mal 3:10-12).

Cualquiera persona que ha pasado el medio siglo de vida puede corroborar que, por regla general, los que proceden rectamente viven en paz, son generosos, tienen familias estables, y suele irles bien (Sal 112). Las que engañan y estafan, en cambio, o no practican la fidelidad conyugal, son intemperantes, y no tienen una vida religiosa genuina, no salen de un problema que se meten en otro, y viven amargados. Por más que en un primer momento parecieran lograr mucho, y obtener ciertos goces temporales, lo que cosechan al final no puede compararse con lo que los justos obtienen (Sal 73).

La vida en este mundo, sin embargo, es más compleja. Aunque cierta ecuación existe en la vida entre la fidelidad a Dios y la bendición, la desobediencia y la maldición, también encontramos que a menudo los cuadros se invierten. Abel, el primer justo que muere en la tierra, es asesinado por su hermano Caín. José, aunque inocente, es vendido como esclavo, y luego puesto en la cárcel por su fidelidad a Dios y a su amo. El profeta Habacuc pareciera quejarse ante Dios preguntándole:  “por qué callas cuando el impío destruye al más justo que él” (Hab 1:13). Los mártires del Apocalipsis claman también ante el Señor:  “¿Hasta cuándo, Señor, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?” (Apoc 6:9).

“Cuando traté de entender esto”, dijo el salmista, “duro trabajo fue para mí, hasta que entré en el templo de Dios, y entendí el destino final de ellos” (Sal 73:16-17).

Somos parte de una sociedad y heredamos tanto bienes como males. A menudo nos quejamos por los males que no causamos, y olvidamos agradecer por los bienes que recibimos gratuitamente. Pero no importa la cuota de sufrimiento o de alegría que nos toque vivir, de una cosa podemos estar seguros. A la postre se invertirá en muchos otra vez el cuadro (Isa 65). Se verá cuán ciertas fueron las palabras del apóstol Pablo:  “todo lo que el hombre siembre, eso también segará. El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción. Pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien, que a su tiempo segaremos, si no desfallecemos” (Gál 6:7-9).

Mientras tanto, ¿qué es lo que cuenta para los inocentes, para los que sufren injustamente? Para José, aún en medio de la injusticia, le bastó saber que el Eterno estaba con él (Gen 39:2). Para el salmista en medio de su desgracia, le alcanzó con ver que Dios estaba con él y lo sostenía (Sal 73:23). Aún bajo los padecimientos miserables en el holocausto nazi de Auschwitz, una de las víctimas escribió:  “Dios estuvo aquí”.

¿Cuál es el secreto? Tener comunión con Dios, una fe y confianza inquebrantables en sus promesas. Para ello no hay nada mejor que leer la Palabra de Dios. “Cuando recibía tus palabras”, dijo el profeta de las Lamentaciones, “yo las devoraba, y tu Palabra fue el gozo y la alegría de mi corazón” (Jer 15:16). “No solo de pan vivirá el hombre”, declaró también Jesús, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat 4:4).

Para los cristianos de corazón, los padecimientos los fortalecen en la fe, y se sienten privilegiados de haber sido escogidos por Dios para participar de los sufrimientos del Hijo de Dios, quien vino a este mundo a sufrir por ellos, y otorgarles eterna redención (1 Ped 4:12-14; Heb 2:10). “No es el siervo mayor que su señor”, dijo a sus discípulos. “Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán” (Juan 15:20).

Desde la cárcel, el apóstol Pablo escribió:  “Por nada estéis afanosos, sino presentad vuestros pedidos a Dios en oración, ruego y acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guardará vuestro corazón y vuestros pensamientos en Cristo Jesús… El Dios de paz estará con vosotros” (Filip 4:6-7,9).

Dr. Alberto R. Treiyer

La Biblia y el Suicidio

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La Biblia y el Suicidio

      Uno de mis mejores amigos se suicidó. Desde entonces me he preguntado qué dice la Biblia al respecto.

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      Generalmente se define al suicidio como quitarse la vida. Las heridas emocionales que deja en la familia y en los amigos son profundas y producen no sólo un sentimiento de soledad, sino particularmente culpa y desorientación. Al intentar proveer alguna orientación que responda su pregunta, debo limitar mis comentarios a las breves observaciones siguientes.

      Primero deseo distinguir entre suicidio y martirio, que es la voluntad de rendir nuestra vida por convicciones fundamentales y valores que sostenemos como no negociables, y actos heroicos de autosacrificio que resultan en la preservación de otras vidas (un soldado que se arroja sobre una granada para salvar otras vidas). Mientras que el suicidio es fundamentalmente una negación del valor del regalo de la vida, la solución final a una vida que se percibe como insufrible, los otros dos casos son expresiones de respeto y amor por la vida.

      Presentaré los casos de suicidio o intento de suicidio registrados en la Biblia, extraeré algunas conclusiones y hará algunos comentarios generales.

      1. Casos de suicidio en la Biblia. Abimelec, herido mortalmente por un trozo de una rueda de molino arrojada por una mujer, le pidió a su escudero que lo mate para escapar del oprobio (Jueces 9:54). Saúl, después de ser seriamente herido en batalla, se suicidó (1 Sa, 31:4). Al ver lo que el Rey había hecho, su escudero “se echó sobre su espada, y murió con él” (vers. 5). Esto fue motivado por el temor a lo que el enemigo haría con ellos. Ahitofel, uno de los consejeros del rey Absalón, se ahorcó, después de darse cuenta de que el Rey había rechazado su consejo (2 Sam. 17:23). Zimri llegó a ser rey luego de un golpe de estado, pero al notar que el pueblo no lo apoyaba, “se metió en el palacio de la casa real, y prendió fuego a la casa consigo”, suicidándose (1 Rey. 16:18). Judas quedó tan emocionalmente perturbado luego de traicionar a Jesús, que se ahorcó (Mat. 27:5). Sansón tomó su vida en batalla contra el enemigo (Jueces 16:29, 30). Después de un terremoto, el carcelero de Filipos llegó a la conclusión de que los prisioneros habían escapado, y lleno de temor intentó suicidarse, pero Pablo lo convención de que no lo hiciera (Hechos 16:26-28).

      2. Comentarios acerca del material bíblico. De los incidentes mencionados arriba percibimos varias cosas.

      Primero, muchos de los suicidios ocurrieron en un contexto bélico, en el que el suicidio es el resultado del miedo o la vergüenza.

      Segundo, otros casos son más personales y reflejan, además del temor, una baja autoestima. Todos suceden en el contexto de un estado mental perturbado emocionalmente.

      Tercero, el suicidio es mencionado sin presentar algún juicio de valor acerca de la acción. Esto no significa que sea moralmente correcto, más bien señala que el escritor bíblico se dedicó simplemente a describir el acontecimiento.

      Se llega a una comprensión del impacto moral del suicidio por medio de un entendimiento bíblico de la vida humana: Dios la creó, y nosotros no somos los propietarios para usarla y disponerla como nos plazca; el sexto mandamiento tiene algo que decir con respecto a este tema. Por lo tanto, un cristiano no debería considerar el suicidio como una solución moralmente válida a la difícil situación de vivir en un mundo de dolor físico y emocional.

      3. Comentarios y sugerencias. ¿Cómo deberíamos reaccionar ante el suicidio de un ser amado?

      Primero, la psicología y la psiquiatría han revelado que en la mayoría de los casos el suicidio es el resultado de una agitación emocional profunda o de un desequilibrio bioquímico asociado con un profundo estado de depresión y temor. No deberíamos juzgar a una persona que, bajo tales circunstancias, opta por el suicidio.

      Segundo, la justicia de Dios toma en consideración la intensidad de nuestras mentes atribuladas; Él nos entiende mejor que nadie. Debemos colocar el futuro de nuestros amados en sus manos misericordiosas.

      Tercero, con la ayuda de Dios, podemos enfrentar al culpa de una manera constructiva. Es necesario recordar que el que comete suicidio necesita ayuda profesional que muchos de nosotros somos incapaces de brindar.

      Finalmente, si alguna vez estás tentado a cometer suicidio, recuerda existen medicamentos que pueden ayudar a vencer la depresión, que hay amigos que te aman y desean ayudarte, y que existe un Dios que deseoso de obrar en ti y por medio de otros para sostenerte cuando atravieses el valle de muerte. ¡Nunca pierdas la esperanza!

¿Qué hay de malo en el “Concubinato”?

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¿Qué hay de malo en el concubinato?

Desde un punto de vista bíblico, ¿qué hay de malo en la cohabitación o concubinato?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

El matrimonio es la expresión de un amor tan puro y profundo que su manifestación es un compromiso para toda la vida.

     El término “cohabitación” o concubinato es usualmente definido como una relación heterosexual de corta o larga duración fuera del matrimonio. Mientras que el término en sí carga con una connotación negativa o peyorativa en nuestra sociedad, hay una tendencia a reemplazarlo con uno más técnico: “pareja”.

     El tema es complejo en sí y difícil de abordar. La práctica de la cohabitación o concubinato llegó a ser entendida en el pasado como una indicación de la decadencia moral o social, pero éste ya no es el caso. La sociedad occidental la está aceptando como un tipo de matrimonio al que ella misma empuja por gravar las leyes con “penalidades matrimoniales” y por la reducción de los beneficios de la seguridad social de viudos o viudas que se vuelven a casar. Además, la cohabitación es promovida por los medios de comunicación de la sociedad occidental como una alternativa válida al matrimonio tradicional.

Con el propósito de evaluar apropiadamente el tema, tenemos que examinar la comprensión bíblica del matrimonio y entonces determinar, en todo caso, si la cohabitación es o no compatible con ella.

     1. Instituido por Dios: ésta es la común creencia cristiana de que el matrimonio fue instituido por Dios mismo, lo cual era muy bueno (Gén. 1:31; 2:22-24). él reguló la acción de cada cosa que creó, con el propósito de asegurar su correcta función e interacción con el resto del mundo creado (ver Gén. 1:4, 12, 17, 18). Después de crear a Adán y a Eva, Dios los reunió y definió la forma en que debían relacionarse el uno con el otro (Gén. 2:24). Hasta ese momento, el matrimonio debía ser un reflejo de la relación original que Dios estableció entre la mujer y el hombre. Algún reclamo de independencia de la intención divina para el matrimonio sería seriamente sospechoso.

     2. Testimonio público: El matrimonio no es un convenio hecho entre dos personas sin la necesidad de considerar a Dios y otros seres humanos. El matrimonio bíblico se realiza ante la observación del Creador y de testigos humanos con el propósito específico de introducir en la relación el elemento de la responsabilidad mutua. Originalmente, Adán y Eva fueron unidos en la presencia de Dios mismo. Desde aquel entonces, la unión de dos personas en matrimonio fue un evento comunitario (ver Juan 2:1). El establecimiento de una familia no era un asunto de discreción individual sino un evento que tenía un impacto en la sociedad toda. Esta comprensión del matrimonio no es popular en una cultura que rinde culto al individualismo, pero es importante en una sociedad que aspira a preservar sus valores e integridad.

     3. Compromiso permanente: La unión efectuada en el matrimonio establece una relación definitiva y permanente. En la Biblia el matrimonio no es un experimento por el cual se determinará si los miembros de la pareja permanecerán o no plenamente comprometidos el uno con el otro. Es la expresión de un amor que es tan puro y profundo que está dispuesto a manifestarse en un compromiso de por vida. En esta nueva relación el cónyuge deja a su madre y a su padre con el fin de unirse al objeto de aquel amor (Gén. 2:24; Mat. 19:6). Hay una separación que los dirige a un nuevo tipo de unidad permanente fundada en el amor. Es dentro de esa unidad de mutuo autorespeto, compromiso y permanencia que la actividad sexual tiene lugar como una expresión “sacramental” de la unión existencial de la pareja. Ese acto une sus vidas y no simplemente sus cuerpos.

     4. Evaluación: La cohabitación o concubinato es una unión de dos personas sin buscar la bendición de Dios y la aprobación formal de la comunidad. Por lo tanto, es fundamentalmente una relación para el presente, con un pequeño interés por el futuro de ella. El elemento del mutuo compromiso es significativamente menor que en un matrimonio cristiano y a menudo llega a ser una ocasión de temor de parte de, por lo menos, uno de los integrantes de la pareja. Hay también, en este tipo de relación, un significativo riesgo de daño emocional que deja cicatrices imborrables. Ninguno debería pretender que ella o él pueda vivir solamente para el presente sin tener en consideración el futuro y las intenciones de Dios para nuestro bienestar social y espiritual.

     Los miembros de la iglesia deberían hacer todo lo que puedan para ayudar a parejas que cohabitan a estar unidas en matrimonio cristiano. Nosotros deberíamos amarlas e interesarnos por ellas a pesar del hecho de que no aprobamos su estilo de vida. Ellos simplemente no conocen todavía la belleza de un verdadero hogar cristiano.

¿Y los Libros Apócrifos?

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¿Y Los Libros Apócrifos?

Noto que algunas Biblias incluyen un número de libros llamados apócrifos. ¿A qué se debe?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

La palabra “apócrifo”, en griego, significa “cosas escondidas”. Nadie sabe con certeza por qué algunos libros judíos fueron designados con ese título. Quizá se pensó originalmente que contenían alguna clase de conocimiento secreto, disponible solo para un grupo en particular. Los libros apócrifos fueron producidos entre el siglo III a.C. y el I siglo d.C. La lista de libros o materiales generalmente incluidos en los apócrifos son: 1 y 2 Esdras, 1 y 2 Macabeos, Tobías, Judith, adiciones al libro de Ester y de Daniel, la Oración de Manasés, Baruc, la Carta de Jeremías, el Salmo 151, Sirac (Eclesiástico) y la Sabiduría de Salomón. Muchos de estos libros fueron incorporados al canon del Antiguo Testamento de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa.

      1. Los apócrifos y la versión griega del Antiguo Testamento. Se argumenta generalmente que los apócrifos fueron incluidos originalmente en la versión griega del Antiguo Testamento, y de allí llegaron a la Biblia cristiana. Pero esto está lejos de ser cierto. La traducción griega del Antiguo Testamento, la Septuaginta (LXX), comenzó en la primera mitad del tercer siglo a.C. En aquel tiempo, es casi seguro que fue una traducción de solo los cinco libros de Moisés (el Pentateuco o Torá). Se sabe poco acerca del proceso que llevó a la traducción del resto del Antiguo Testamento al griego, particularmente a la traducción o la incorporación de los libros que llamamos apócrifos. No conocemos los libros exactos que fueron incluidos en la Septuaginta durante el tiempo de los apóstoles; ni sabemos si alguna vez hubo una lista oficial de libros apócrifos. Sí sabemos que los judíos nunca consideraron que estos libros formaran parte del canon hebreo. Pero también sabemos que los estimaban y los leían. Manuscritos o fragmentos de algunos de los libros han sido encontrados entre los rollos del Mar Muerto.

      2. Los apócrifos y la iglesia cristiana: Se creía que los cristianos adoptaron como su Biblia el canon judío alejandrino más amplio, que incluye a los apócrifos. Esta idea ha sido totalmente desacreditada. En los primeros siglos de la era cristiana, hubo algún debate entre los cristianos referente a estos libros. El caso más famoso es el de Jerónimo (345-420 d.C.). Él decidió traducir el Antiguo Testamento al latín utilizando la Septuaginta, que ya había incluido muchos de los libros apócrifos; pero decidió basar su traducción en el texto hebreo del Antiguo Testamento. Si bien incluyó los apócrifos en su traducción, dejó en claro que estos libros no deberían ser considerados parte del canon inspirado y no debían ser usados para establecer creencias cristianas. Su canon fue el canon breve hebreo. No obstante, consideró que los apócrifos eran dignos de ser leídos.

      Agustín sostuvo que la traducción latina de la Biblia debía estar basada en la Septuaginta, para contribuir a la unidad de la iglesia en el Este, donde se utilizaba el griego, y del Oeste, donde se utilizaba el latín. Abogó por considerar los apócrifos como inspirados, y su posición prevaleció. La Biblia latina (la Vulgata) se convirtió en la Biblia oficial de la iglesia cristiana.

      3. Los apócrifos y la Reforma: Los reformadores revieron la cuestión de los apócrifos. En su traducción de la Biblia al alemán, Martín Lutero incluyó los libros apócrifos pero, al igual que Jerónimo, no los consideró iguales en autoridad que las Escrituras, y estableció que no debían ser utilizados para definir la doctrina cristiana. La tradición de la Reforma excluyó totalmente los apócrifos del canon, aceptando en su lugar el canon hebreo más breve.

      Una de las razones para el rechazo de los apócrifos fue que estos libros apoyaban algunas posiciones erróneas, contrarias a las que la iglesia sostenía como dogmas cristianos. Por ejemplo, apoyan la idea de que las obras humanas contribuyen a la salvación (Tob. 4:7-11), que los santos pueden interceder por otros (2 Mac. 15:13-14) y que la expiación puede ser hecha en favor de los pecados de los muertos (2 Mac. 12:39-45).

      Hoy, muchas versiones y traducciones de la Biblia incluyen los libros apócrifos. Si bien no son considerados inspirados por Dios, contienen información que contribuye a una mejor comprensión del desarrollo del pensamiento judío durante el período intertestamentario y provee un útil trasfondo cultural, histórico y religioso para el estudio del Nuevo Testamento.

¿Quién fue Melquisedec?

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Melquisedec: ¿Humano o Divino?

¿Quién es Melquisedec? Se lo describe como “sin padre, sin madre, sin genealogía; que no tiene principio de días ni fin de vida” (Heb. 7:3). ¿Será que estas características hacen del él un ser divino?

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      A esta pregunta le han dado varias respuestas. Siendo que el Antiguo Testamento menciona a Melquisedec sólo en dos ocasiones (Génesis 14:18-20; Salmo 110:4), esto ha generado especulaciones acerca del personaje y su misión. Entre los rollos encontrados en Qumram, hay uno acerca de Melquisedec (primer siglo antes o después de Cristo) en el cual se lo describe como un ser celestial, un guerrero quien vence a Belial en la postrer batalla.
      Con relación a este asunto, entre los cristianos el tema también se ha prestado para la especulación. En efecto, al comienzo de la era cristiana hubo sectas que llevaron ese nombre. Se caracterizaron por enseñar que Cristo fue inferior a Melquisedec, a quien consideraban sacerdote para los ángeles y otros seres celestiales. En los escritos judíos lo identificaron con Sem, uno de los hijos de Noé. Una especulación de esta naturaleza está ausente de la epístola a los Hebreos.
      1) Función de Melquisedec en Hebreos. El propósito del apóstol es demostrar que el sacerdocio de Cristo es superior al de Aarón. En el argumento, el sacerdocio de Melquisedec llega a ser muy importante, por cuanto Cristo no pertenece a la descendencia de la tribu de Leví y, en consecuencia, de acuerdo con la ley, no podría haber desempeñado funciones sacerdotales. La Biblia destaca un sacerdocio que no se basa en la genealogía. El Salmo 110:4 predice que el sacerdocio aarónico sería reemplazado por el eterno sacerdocio de Melquisedec en la persona del Mesías.
      2) Melquisedec, una figura histórica. Con claridad, el apóstol ve a Melquisedec como una persona que vivió durante el tiempo de Abram. En Hebreos 7:1 figura como el rey de Salem, nombre antiguo de la ciudad de Jerusalén (Sal. 76:2), y también fue sacerdote. Se encontró con Abram después una victoriosa batalla, lo bendijo, y éste le dio los diezmos (Heb. 7:2). Entonces, el apóstol procede a argumentar que el sacerdocio de Melquisedec es superior al de Aarón por cuanto Melquisedec bendijo a Abram (El que “bendice” es superior al que es “bendecido”).
      3) Un ser divino. En primer lugar, la frase “sin padre y sin madre” fue utilizada por los griegos para referirse a los dioses, con lo cual sugiere que Melquisedec debe haber sido un ser divino. Sin embargo, esta frase también se la utilizó para describir la orfandad, al hijo ilegítimo o también a la persona cuyo origen era desconocido. Por esto, dicha frase no basta para probar que Melquisedec era divino.
      En segundo lugar, es probable que al ir acompañada por la expresión “sin genealogía”, el apóstol estuviera aclarando lo que tenía en mente al expresar “sin padre y sin madre”, razón por la cual no contamos con el registro genealógico correspondiente. La conclusión se desprende del hecho que no existe la información respectiva, lo que por cierto dificulta la identificación. Melquisedec “ni tiene principio de días, ni fin de vida”. Es evidente que no se trata de un ser humano cualquiera.
      Tercero, el dilema se lo puede dilucidar si se analiza la última parte de Hebreos 7:3: “Semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre”. Una traducción más literal sería “Pero siendo hecho semejante/similar al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre/perpetuamente”. Se añade esta frase para calificar la afirmación “que ni tiene principio de días, ni fin de vida”. Él no es eterno por derecho propio, pero en la descripción Melquisedec es hecho un parangón del Hijo de Dios, el único cuyo sacerdocio es realmente eterno. Melquisedec es semejante a Cristo en el sentido que la Escritura no proporciona ningún registro ya sea de su nacimiento, su genealogía o de su muerte. La falta de estos datos en el registro bíblico es utilizada por el apóstol para plantear una semejanza o paralelo entre Melquisedec y Jesús, quien es realmente eterno.
      De este modo, el sacerdote y rey de Salem llega a constituirse en símbolo del verdadero sacerdote, el Hijo de Dios, quien es el originador del sacerdocio eterno que no está encuadrado por parámetros genealógicos. El apóstol interpreta el sacerdocio de Melquisedec en función del anuncio del sacerdocio eterno del Mesías que figura en Salmo 110:4 y por el hecho de que Cristo es el cumplimiento de las profecías mesiánicas. Melquisedec fue una figura histórica anticipada destinada a presentar el verdadero sumo sacerdote celestial, el Hijo de Dios.

¿Hay más de un sábado?

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¿Hay más de un sábado?

He leído que el sábado mencionado en Génesis 2:1 al 3 no es el mismo sábado que el del cuarto Mandamiento. Por favor, explíqueme.

Responde: Dr. Ángel Manuel Rodríguez, BRI

      Algunos protestantes argumentan que Génesis 2:1 al 3 no prescribe el mandamiento sabático; sencillamente describe lo que Dios hizo el séptimo día de la semana de la Creación. Argumentan que el mandamiento del sábado fue dado a los israelitas como parte del pacto, y que fue reemplazado por el nuevo pacto. Este es un intento obvio de minar la autoridad del sábado para los cristianos. En Génesis 1 y 2, entre otras cosas, Dios está modelando para los seres humanos la necesidad y la naturaleza del trabajo. La naturaleza ejemplar de su actividad divina incluye el descanso sabático. Esto puede ser fundamentado por varias razones.

      1. La imagen de Dios y el sábado: El relato de la Creación describe a los seres humanos como criaturas inteligentes y únicas, creadas a la imagen de Dios (Gén. 1:27). Debían reflejar el carácter de Dios y representarlo ante el resto de la creación. La narración contiene varios conceptos importantes.

      En primer lugar, el hecho de que Dios haya descansado de sus obras atribuye a Dios necesidades humanas con el fin de demostrar cómo Dios planea suplir esa necesidad. El relato de la Creación demuestra claramente la preocupación de Dios por el ser humano, que no solo necesita trabajar sino también separar un tiempo particular para gozar de la comunión con su Creador.

      Segundo, es el Creador, no la criatura, quien determina el tiempo y la naturaleza de ese descanso. Los intentos humanos por establecer su propio momento de descanso son un rechazo de la naturaleza ilustrativa del descanso de Dios y debilita el significado del ser humano como creado a la imagen de Dios.

      Tercero, si Dios hubiera descansado sin la compañía de los seres humanos, habría abandonado a su propia suerte a los seres humanos y al mundo que él creó; se hubiera ausentado de su creación, dejándola sin su poder sustentador. Descansó en compañía de los que había creado a su propia imagen, en una celebración gozosa del misterio de su creación. Deseaba gozar de la compañía del ser humano durante el séptimo día.

      2. Dios bendijo el sábado: En el relato de la Creación, Dios describe al séptimo día como una bendición. Esto significa, como lo sugiere el uso del mismo verbo en Éxodo 20:11, que por medio del descanso sabático Dios transmite bendiciones a su pueblo. El hecho de que su bendición sea indefinida implica sus riquezas sin límites. El verbo “bendecir” expresa la idea de beneficios derramados sobre alguien o algo. Cuando Dios bendijo el sábado, lo dotó de beneficios que serían disfrutados por los que se le unieran en su placentero descanso. En la Biblia, un día no bendecido es un día privado de contenido positivo para los seres humanos (ver Jer. 20:14). La bendición pronunciada por Dios sobre el séptimo día no fue para su propio beneficio, sino para el de los que estaban junto a él, disfrutando de la comunión y el compañerismo con el Señor, dentro de la fracción de tiempo llamada séptimo día.

      3. Dios declaró santo al séptimo día: La Biblia contiene rituales para la santificación de las personas, las cosas y los lugares. Pero no existe un ritual prescrito para la santificación del sábado. Únicamente la historia de la Creación nos informa que su santidad es el resultado de una declaración divina. A lo largo del Antiguo Testamento, la santidad de ese día es presupuesta. Para los escritores del Antiguo Testamento, al igual que para el pueblo de Dios, el sábado de la Creación era el mismo que el sábado del séptimo día mencionado en el Decálogo. Los seres humanos eran responsables de mantenerlo santo al obedecer el cuarto Mandamiento.

      La santidad del sábado no consistía en un estado provisional que se agotara al final del día. No hubo un ritual de “des-santificación” para el séptimo día después de que fuera declarado santo. Al santificarlo, Dios lo separó permanentemente para un uso religioso particular. Dado que, de acuerdo con el relato de la Creación, Adán y Eva habían sido creados en el sexto día, experimentaron la santidad del séptimo día en presencia de Dios mismo. El sábado es lo primero que Dios santificó sobre este planeta, y ha permanecido santo desde entonces.

      Todo intento de aislar el Mandamiento del sábado del descanso de Dios durante el séptimo día, con el fin de argumentar que pertenece al antiguo pacto y que los cristianos no deberían guardarlo, es sencillamente una ilusión, que trae como resultado el deterioro de la imagen de Dios en los seres humanos. 

¿Fueron los “hermanos de Jesús” hijos de José y María?

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¿Cuál es el significado de “Alma” en la Biblia?

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